Una extraña conexión entre celular y sufrimiento


La explotación ha llegado a extremos de esclavitud
La explotación ha llegado a extremos de esclavitud

Nota del editor: La actriz y activista Robin Wright viajó recientemente al este del Congo con Enough Project, un grupo con sede en Washington enfocado en acabar con el genocidio y los crímenes contra la humanidad. Su diario de viaje en video aparece como una característica especial en una nueva edición británica de Blood in the Mobile, disponible en DVD.

(CNN) — Un niño de 10 años de edad, de rostro todavía inocente, secuestrado de su aldea y obligado a matar junto a despiadados combatientes de la milicia. Una abuela de 60 años de edad, demasiado avergonzada por los daños causados por una violación brutal como para evitar salir de su casa durante cinco meses, a pesar de que sus heridas empeoraron. Una chica que me recordó a mi hija, atravesando los años entre la juventud y la adultez, que fue arrastrada hacia un bosque cercano a su casa por un grupo de hombres y fue violada una y otra vez.

Las imágenes de estas personas, cuya tranquila y cálida personalidad apenas alude a las atrocidades que han sobrevivido, le da una cara humana al conflicto en el este del Congo. Con más de 5 millones de muertos por la guerra y tantas penurias durante más de una década, es difícil imaginar el impacto diario de un conflicto de esta magnitud, y mucho menos sentirse capaz de hacer algo al respecto.

Un nuevo documental, Blood on the Mobile, reta tanto los límites de la imaginación como nuestro sentido de conexión con las atrocidades cometidas al otro lado del mundo. A través de una cámara inestable en las húmedas y oscuras minas del este del Congo, el cineasta Frank Poulsen nos presenta a algunos de los hombres jóvenes (e incluso niños) que trabajan en la lucrativa primera etapa del estaño, tantalio, tungsteno y oro en el Congo. Pero la riqueza de esta industria no beneficia realmente a los mineros congoleños a cambio de su agotador, peligroso y mal pagado trabajo.

Los grupos de milicias y facciones del ejército controlan muchas de las minas del Congo, imponiendo fuertes “impuestos” a los mineros, para quienes hay pocas alternativas para ganarse la vida. Si yuxtapones estas imágenes arenosas del Congo con las tomas de la sede de Nokia, el centro neurálgico electrónico que vende estos minerales en sus productos de consumo, tendrás un mensaje que es difícil de ignorar: los teléfonos celulares, computadoras portátiles, cámaras digitales y otros productos de los que hemos llegado a depender nos enlazan a todos al conflicto en el Congo.

Como consumidores, estamos perpetuando el conflicto. Tenemos una obligación, pero también una oportunidad.

Viajé al este del Congo hace poco para ver con mis propios ojos y sentir —a pesar de la relativa seguridad de viajar con el siempre atento Fidel Bafilemba de Enough Project—, el efecto psicológico de pasar tiempo en una impredecible zona de conflicto. Quedé impresionada por el crudo agotamiento nervioso de las comunidades, que se dice que es posconflicto, postraumático.

Pero nada parecía ser ‘post’: En realidad, estas comunidades parecen estar en continuo conflicto y trauma de forma diaria. Las organizaciones locales, desde el centro de reinserción de niños soldados hasta el centro de rehabilitación para víctimas de violencia sexual, están trabajando tan duro como pueden para proporcionar consuelo y un futuro esperanzador para los más perjudicados por el conflicto, tanto física como emocionalmente. Aunque estos esfuerzos son necesarios, sólo tratan los síntomas; hay poco concepto de la prevención.

Dos años han pasado desde que la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, vino a una de las mismas ciudades que he visitado. Casi todos los que conocí recordaban a ‘Mamá Clinton’ y me pidieron que la buscara cuando regresara a Estados Unidos. “Creo que no es ningún secreto para ti”, dijo una mujer, hablando hacia la videocámara y dirigiéndose a Clinton. “Nuestra riqueza está siendo saqueada, y es por eso que estamos siendo violadas”. Instó a Clinton a hacer valer su promesa de dedicar un alto nivel de atención estadounidense a la crisis en el Congo.

En particular, el liderazgo y autoridad de Clinton son necesarios para implementar un sistema internacional de certificación que permita a las empresas rastrear la fuente de los minerales para asegurarse de que no están financiando grupos armados, y que permita a los consumidores seleccionar a qué empresas comprar, con base en su historial de derechos humanos en el Congo.

Al visitar el Congo por primera vez, sin conocer el idioma local, kiswahili, dependía de mi talentoso intérprete, Fidel, para poner en palabras mis innumerables preguntas y gratitud hacia las personas que entrevisté. Pero cuando me senté cara a cara con mujeres, y ninguna de nosotras hablaba, sino que escuchábamos la traducción de la otra, solía descubrir una mirada, una ligera inclinación de cabeza, que claramente decía: “Yo sé que tú sabes. Yo sé que entiendes”.

Las mujeres tenemos una sabiduría natural, inherente, una conexión implícita entre nosotras, como madres, esposas y hermanas. Durante varios años he seguido de lejos al Congo, comprendiendo teórica e intelectualmente la forma en que nosotros podríamos ayudar a poner fin al conflicto. Ahora siento profundamente el por qué.

Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente de Robin Wright.

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